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Bajo tierra en La Rioja: el mundo secreto de las caladas y bodegas históricas que el tiempo olvidó

By Vibrant Rioja Aventura y Enoturismo
Bajo tierra en La Rioja: el mundo secreto de las caladas y bodegas históricas que el tiempo olvidó

Hay lugares en La Rioja donde el reloj parece haberse detenido hace varios siglos. No en sentido figurado, sino de manera casi física: la temperatura constante, la penumbra perpetua y el silencio denso que envuelve cada rincón invitan a creerlo. Estamos hablando de las caladas, esas bodegas subterráneas que se extienden como laberintos bajo los cascos históricos de municipios como Haro, Laguardia o Labastida, y que constituyen uno de los patrimonios más singulares y menos conocidos de toda la región.

Si tu idea del enoturismo riojano se limita a visitar grandes bodegas de diseño o pasear entre viñedos al atardecer, este artículo va a ampliar tu mapa considerablemente. Porque descender a una calada es, sencillamente, otra cosa.

¿Qué es exactamente una calada?

El término «calada» proviene del verbo «calar», en el sentido de penetrar o atravesar. Y es que estas construcciones, literalmente, perforan la roca y el subsuelo para crear espacios de conservación natural donde el vino puede reposar en condiciones ideales sin necesidad de ningún sistema artificial de climatización.

Su origen se remonta a la Edad Media, aunque muchas fueron ampliadas y reformadas durante los siglos XVII y XVIII, cuando la producción vinícola riojana comenzó a ganar relevancia comercial. En aquella época, cada familia con viñas poseía su propio tramo de bodega subterránea, conectado a veces con el de los vecinos a través de una red de galerías que hoy resulta casi imposible cartografiar por completo.

La temperatura en su interior ronda los 12-14 grados durante todo el año, la humedad se mantiene estable y la oscuridad es casi absoluta. Tres condiciones perfectas para que el vino evolucione lentamente, sin sobresaltos, tal y como lo entendían los viticultores de hace cinco siglos.

Laguardia: una ciudad que vive encima de su bodega

Si hay un lugar en La Rioja —o más bien en la Rioja Alavesa— donde la relación entre los habitantes y sus bodegas subterráneas resulta más evidente, ese es Laguardia. Este pueblo amurallado, encaramado sobre una colina en la llanura alavesa, esconde bajo sus calles medievales más de 300 bodegas catalogadas, algunas con varios siglos de antigüedad.

Lo fascinante de Laguardia es que las entradas a estas bodegas aparecen diseminadas por toda la trama urbana: en el umbral de una casa particular, al pie de una muralla, detrás de una puerta que cualquier turista despistado tomaría por un almacén. Muchas siguen siendo propiedad de familias locales que elaboran vino en pequeñas cantidades para consumo propio o para vender directamente al visitante.

El Ayuntamiento de Laguardia organiza visitas guiadas a algunas de estas caladas, y merece la pena reservarlas con antelación, especialmente en temporada alta. La experiencia de recorrer esos pasillos estrechos iluminados con lámparas de mano, entre tinajas de barro y barricas olvidadas, es difícil de comparar con cualquier otra visita enológica convencional.

Haro y sus sótanos centenarios bajo el Barrio de la Estación

En Haro, la historia de las bodegas subterráneas está íntimamente ligada al desarrollo ferroviario del siglo XIX. Cuando el tren llegó a La Rioja y facilitó la exportación del vino hacia el norte de España y Francia, muchas familias bodegueras aprovecharon para construir o ampliar sus instalaciones subterráneas en el conocido Barrio de la Estación, donde hoy se concentran algunas de las firmas más icónicas de la denominación.

Aunque la mayoría de estas grandes bodegas han modernizado buena parte de sus procesos, conservan con orgullo sus galerías históricas, que en algunos casos se extienden durante cientos de metros bajo tierra. Bodegas como CVNE, López de Heredia o La Rioja Alta abren sus puertas a visitas que incluyen el recorrido por estos espacios ancestrales, combinando la historia arquitectónica con la cata de sus vinos más representativos.

López de Heredia merece mención especial: su bodega subterránea, construida a finales del siglo XIX, es un auténtico monumento al tiempo. Allí, bajo una telaraña de moho noble —el llamado Cladosporium cellare, que actúa como regulador natural de la humedad—, reposan botellas que en algunos casos superan las tres décadas de crianza. Visitarla es adentrarse en un mundo donde el tiempo no solo se detiene: directamente, trabaja a otra velocidad.

Labastida y los pueblos que guardan su memoria en piedra

Más allá de los grandes nombres, La Rioja Alta esconde pequeños municipios donde las caladas forman parte del paisaje cotidiano sin que nadie haga demasiado ruido al respecto. Labastida, en la Rioja Alavesa, es uno de ellos. Su casco histórico concentra una red de bodegas subterráneas que datan de los siglos XVI y XVII, algunas todavía en uso y otras convertidas en espacios culturales o de ocio.

En Labastida es posible visitar algunas de estas caladas a través de iniciativas locales que combinan la visita con degustaciones de vinos elaborados por pequeños productores de la zona. Una forma estupenda de apoyar el tejido vinícola más artesanal de La Rioja mientras descubres rincones que no aparecen en los circuitos turísticos habituales.

Consejos prácticos para visitar las bodegas subterráneas de La Rioja

Antes de lanzarte a explorar este universo subterráneo, conviene tener en cuenta algunas cuestiones prácticas:

Un patrimonio que merece más atención

Las caladas riojanas son, en muchos sentidos, el reverso invisible de todo lo que hace grande a esta región. Mientras los viñedos lucen bajo el sol y las grandes bodegas de autor compiten por aparecer en las portadas de las revistas de arquitectura, estos laberintos de piedra siguen haciendo su trabajo en silencio, sin pedir nada a cambio.

Visitarlos no solo es una experiencia sensorial extraordinaria. Es también una manera de conectar con la historia más profunda del vino riojano, con los hombres y mujeres que durante generaciones entendieron que la paciencia y el respeto por las condiciones naturales eran —y siguen siendo— el mejor secreto enológico que existe.

La próxima vez que descorches una botella de Rioja Reserva o Gran Reserva, piensa en todo lo que hay debajo: literalmente, metros y metros de piedra, oscuridad y tiempo. Ese es el verdadero sabor de La Rioja.