Catar sin miedo: descubre los matices de un Rioja con tus cinco sentidos
Photo: ChrisCrea, CC BY-SA 4.0, via Wikimedia Commons
Hay una escena que se repite en casi todas las catas de vino a las que uno asiste por primera vez: alguien coge la copa, la mira un momento, la huele con cara de concentración y luego suelta una descripción que suena a algo entre poesía y trabalenguas. "Notas de cuero, fruta negra madura, un toque de vainilla con final largo y persistente." El resto de la mesa asiente, aunque en realidad nadie sabe muy bien qué está oliendo.
La buena noticia es que catar vino no tiene por qué ser así. No hace falta haber estudiado enología ni memorizar un glosario de términos para disfrutar de verdad de un buen Rioja. Solo hay que aprender a prestar atención a lo que ya tienes: tus propios sentidos.
Primero, la vista: el vino también se lee
Antes de llevarte la copa a la nariz, mírala. Inclínala ligeramente sobre un fondo blanco —un mantel, un folio, la servilleta— y observa el color. Un Rioja joven suele mostrar tonos rojo cereza intenso, casi violáceos en los bordes. Uno con más crianza tira hacia el granate, incluso el teja o el ladrillo en los vinos más veteranos.
Esa evolución del color no es solo estética: te está contando algo sobre la edad del vino y cómo ha sido elaborado. Un color vivo y brillante suele indicar frescura. Uno más apagado o con reflejos anaranjados en el borde exterior habla de más tiempo en botella.
No necesitas ser experto para fijarte en esto. Solo necesitas mirarlo de verdad, en lugar de ir directo al sorbo.
El olfato: la parte que más intimida y más recompensa
Aquí es donde mucha gente se bloquea. ¿Fruta del bosque? ¿Tabaco? ¿Cacao? ¿Cómo narices voy a oler cacao en un vino?
La clave está en no intentar identificar aromas concretos desde el principio. Primero, huele el vino sin agitar la copa. Ese primer golpe de olor te da los aromas más volátiles, los más delicados. Luego, hazla girar suavemente —el famoso movimiento circular— para oxigenar el líquido y liberar más compuestos aromáticos. Vuelve a oler.
En lugar de buscar "¿a qué huele esto exactamente?", pregúntate: ¿es frutal o más mineral? ¿Es fresco o más cálido y especiado? ¿Me recuerda a algo de la naturaleza, a algo de la cocina, a algo de la madera?
María Jesús Ruiz, catadora aficionada de Logroño que lleva años asistiendo a talleres en bodegas de la zona, lo explica así: "Yo tardé mucho en quitarme el miedo a decir lo que realmente olía. Cuando empecé a decir 'esto me huele a ciruela pasa' sin avergonzarme, empecé a disfrutar de verdad la cata."
Los Rioja con crianza en roble americano suelen mostrar aromas a vainilla, coco tostado y especias dulces. Los que han pasado por roble francés tienden a ser más sutiles, con notas de cedro y humo fino. Y los vinos más jóvenes, sin apenas paso por madera, expresan con más claridad la fruta: mora, grosella, granada.
El gusto: más allá del "está rico"
Cuando por fin pruebas el vino, no lo tragues de inmediato. Déjalo unos segundos en la boca y muévelo un poco, como si lo masticaras. Suena raro, pero funciona.
Hay cuatro cosas que buscar:
La acidez. ¿Te hace salivar? ¿Notas algo parecido a lo que sientes cuando muerdes un limón, aunque mucho más suave? Un buen nivel de acidez hace que el vino sea fresco y que marride bien con la comida. La Rioja Alta, por su altitud y clima más fresco, suele producir vinos con acidez más marcada.
Los taninos. Esa sensación de aspereza o sequedad que te deja en las encías y en el interior de las mejillas. Los taninos vienen de las pieles de la uva y de la madera. En un Rioja joven pueden ser más duros; en uno con crianza, más redondos y sedosos.
El alcohol. Se percibe como calor en la garganta. Un vino muy alcohólico puede resultar pesado; uno bien equilibrado apenas lo notas.
La fruta. ¿Confirma lo que olías? ¿Aparecen sabores nuevos que no habías detectado en la nariz?
El tacto: la textura que nadie menciona
Sí, el vino tiene textura. Y no hace falta ser sommelier para notarla. Hay vinos que se sienten ligeros, casi acuosos en boca. Otros son densos, casi como si tuvieran cuerpo propio. Algunos dejan una sensación aterciopelada; otros son más ásperos.
Esta textura tiene que ver con el cuerpo del vino —relacionado con el alcohol y los extractos sólidos— y con los taninos. Un gran Rioja Reserva bien envejecido suele tener una textura que los catadores llaman "sedosa": fluida, sin aristas, que recubre el paladar de forma agradable.
No tienes que ponerle nombre técnico. Puedes simplemente decir "este se siente más denso" o "este es más ligero". Eso ya es catar.
El posgusto: lo que queda cuando el vino ya no está
Después de tragar, presta atención a cuánto tiempo persisten los sabores en tu boca. Eso es el "final" o posgusto. Un Rioja de calidad puede dejar sensaciones agradables durante diez, quince o incluso veinte segundos. Un vino más sencillo desaparece casi de inmediato.
Este detalle, más que ningún otro, es el que separa un vino corriente de uno que merece la pena recordar.
Un ejercicio para empezar esta semana
Coge dos botellas de Rioja: una Crianza y una Joven, a ser posible de la misma bodega si puedes encontrarlas. Sírvelas en copas distintas y ve comparando cada paso: color, aroma, sabor, textura, posgusto. No busques descripciones perfectas. Busca diferencias.
Ver las cosas en contraste es la forma más rápida de afinar los sentidos. Y lo mejor de todo: al final del ejercicio, te has bebido dos copas de Rioja. No hay método de aprendizaje más agradable.