Pueblos que el turismo no encontró: donde el vino riojano sigue siendo cosa de toda la vida
Si llevas un rato siguiendo Vibrant Rioja, ya sabes que esta región tiene mucho más que grandes bodegas con arquitectura de firma y tiendas de souvenirs en la entrada. Hay otra Rioja. Una que no aparece en los folletos de las oficinas de turismo, que no tiene app propia ni etiqueta en Instagram con miles de publicaciones. Es la Rioja de los caminos comarcales, de los pueblos donde el bar del ayuntamiento cierra a las tres porque el dueño se va a comer a casa, y donde el vino que te ponen en la mesa lo hizo alguien que vive a doscientos metros de donde estás sentado.
Esta es la Rioja que merece una escapada. Y si tienes ganas de perderte de verdad, sigue leyendo.
Aldeanueva de Ebro y sus bodegas de garaje que no lo parecen
Empecemos por el sur, por esa franja de La Rioja Baja que mucha gente cruza sin parar de camino a Tudela o Zaragoza. Aldeanueva de Ebro tiene fama entre los que saben, sobre todo por el garnacha que sale de aquí, pero no es un destino de moda. Y eso, precisamente, es lo que lo hace interesante.
En los márgenes del pueblo, entre naves agrícolas y huertos, hay pequeños productores que elaboran vino en cantidades ridículas comparadas con las grandes denominaciones. Hablamos de familias que tienen cuatro o cinco hectáreas desde hace generaciones y que nunca han querido crecer demasiado. El resultado son vinos con una personalidad que cuesta encontrar en las estanterías de los supermercados: granachas con cuerpo, algo rústicas, con ese punto de fruta madura que solo da el clima seco del Ebro.
Si te acercas por aquí, lo mejor que puedes hacer es preguntar en el bar de la plaza. Siempre hay alguien que conoce a alguien. Así funciona esto.
Quel, el pueblo que guarda su vino bajo tierra
Quel es uno de esos nombres que suena a poco y esconde mucho. Este municipio de la Sierra de Yerga tiene algo que lo hace único: una red de caladas y lagares excavados en la roca que datan de siglos atrás. No es tan conocido como los de otras zonas, pero quien llega se queda con la boca abierta.
Algunas de estas instalaciones siguen en uso. No de manera industrial, claro. Son familias que mantienen vivo el espacio porque es suyo, porque lo heredaron y porque sería una pena dejarlo perder. La temperatura natural de la roca hace el trabajo que en otros sitios hacen las cámaras frigoríficas, y eso se nota en el vino.
Dar con estos productores requiere algo de paciencia y ganas de hablar con la gente del pueblo. Pero si lo consigues, es muy probable que acabes sentado en una silla de madera dentro de una bodega que huele a historia, con un vaso en la mano y sin ninguna prisa por ir a ningún sitio.
San Vicente de la Sonsierra: más allá de la postal
San Vicente de la Sonsierra es quizás el más conocido de los pueblos que aparecen en este artículo, pero merece estar aquí porque tiene una capa que los visitantes habituales no siempre ven. Más allá del castillo y de las bodegas con nombre en la puerta, hay un tejido de pequeños viticultores que llevan décadas produciendo tempranillo con métodos que no han cambiado mucho desde que sus abuelos lo hacían.
Algunos de ellos ni siquiera tienen página web. Venden lo que producen entre conocidos, en ferias locales o directamente en la puerta de casa. Son vinos sin pretensiones de diseño, con etiquetas que a veces parecen hechas con el Word del ordenador del colegio, pero que dentro tienen algo que los modernos con su packaging cuidado a veces no alcanzan: carácter real, sin maquillaje.
La mejor época para acercarse es en otoño, cuando el ambiente de vendimia lo impregna todo y la gente está más dispuesta a charlar.
Tirgo y el vino que casi nadie conoce fuera de la comarca
Tirgo es un pueblo pequeño en la Rioja Alta que tiene menos de doscientos habitantes pero una tradición vitivinícola que muchos municipios más grandes envidiarían. Aquí la uva se ha cultivado desde hace tanto tiempo que nadie recuerda cuándo empezó exactamente. Y hay familias que siguen elaborando vino de una manera que tiene más que ver con la memoria que con la técnica moderna.
No hay rutas organizadas, no hay catas con maridaje y presentación en PowerPoint. Lo que hay es gente con ganas de enseñar lo que hacen si ves que te interesa de verdad. Ese es el trato no escrito: respeto y curiosidad genuina a cambio de acceso a algo que no está en ningún catálogo.
Si te pierdes por la carretera comarcal que llega hasta aquí un domingo por la mañana, es muy probable que acabes tomando vino en casa de alguien que no esperabas conocer. Eso es La Rioja de verdad.
Cómo moverse por esta Rioja sin mapa
Hay que ser honesto: este tipo de turismo no se puede planificar del todo. No funciona con reservas online ni con itinerarios cerrados. Funciona con tiempo, con disposición y con el instinto de parar cuando algo llama la atención.
Algunas ideas prácticas para quien quiera intentarlo:
- Sal de la N-232 siempre que puedas. Las carreteras secundarias son donde están los pueblos de los que hablamos.
- Habla con la gente mayor. En los bares rurales, los jubilados son la mejor fuente de información sobre quién hace vino, dónde y cómo.
- No tengas prisa. Estos productores no están esperando visitas. Si llegas con tiempo y sin exigencias, las puertas se abren solas.
- Lleva efectivo. Muchos de estos pequeños elaboradores no tienen datáfono ni factura electrónica. El intercambio es simple y directo.
- Compra aunque no necesites. Si alguien te abre su bodega y te invita a probar, lo mínimo es llevarte un par de botellas. Es la manera de que esa tradición siga viva.
Lo que te llevas, más allá del vino
Lo curioso de este tipo de escapadas es que el vino acaba siendo casi lo de menos. O mejor dicho: el vino es el pretexto para algo más grande. Te llevas conversaciones que no esperabas tener, paisajes que no salen en ninguna foto de stock, y la sensación de haber visto algo que muy poca gente ve.
La Rioja de los grandes nombres es magnífica. Pero la Rioja de los abuelos que todavía pisan uva en lagares de piedra, que guardan el vino en cubas que tienen más años que ellos, y que te lo dan a probar sin más ceremonia que un vaso limpio y una sonrisa, esa Rioja es irrepetible.
Y sigue ahí, esperando a quien tenga ganas de buscarla.