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Raíces prestadas: los que vinieron a La Rioja de paso y acabaron plantando viña

By Vibrant Rioja Aventura y Enoturismo
Raíces prestadas: los que vinieron a La Rioja de paso y acabaron plantando viña

Hay un fenómeno silencioso que ocurre en La Rioja desde hace décadas y que pocas veces aparece en los titulares. No tiene que ver con las cifras de turismo ni con las exportaciones de vino. Tiene que ver con personas concretas que llegaron a esta región con una maleta y se quedaron con una vida. Extranjeros, madrileños, catalanes, argentinos, alemanes... gente de orígenes muy distintos que encontró entre los viñedos algo que no sabía que estaba buscando.

Estas son algunas de sus historias.

Thomas, el alemán que aprendió a vendimiar antes que a hablar español

Thomas Brauer llegó a Logroño en 2009 con un contrato de trabajo temporal en una empresa de ingeniería y un nivel de español que él mismo describe como «suficiente para pedir cerveza». Tenía treinta y dos años y ninguna intención de quedarse más de dos años.

El problema fue la vendimia de ese mismo otoño. Un compañero de trabajo le invitó a participar como voluntario en la cosecha de una bodega familiar en Nájera, y algo en ese día —el sol, el barro, el olor a mosto fermentando, la comida que prepararon después— le cambió algo por dentro. «No sé explicarlo bien», dice Thomas hoy, con un acento riojano que asoma por debajo del alemán. «Fue como si mi cuerpo entendiera algo que mi cabeza todavía no procesaba».

Doce años después, Thomas es copropietario de una pequeña finca en la Rioja Alta, produce unos pocos miles de botellas al año con uvas de viñedos viejos y ha aprendido no solo a hablar español, sino a entender el dialecto local con el que los viticultores de más edad hablan de la tierra. Está casado con una mujer de Haro y tienen dos hijos que crecen entre viñas.

«Alemania es mi país», dice, «pero La Rioja es mi lugar».

Valentina, la porteña que buscaba Europa y encontró el Ebro

Vale, como la llaman en el barrio donde vive en Logroño, llegó desde Buenos Aires en 2015 con la vaga idea de hacer un Erasmus tardío por Europa. Tenía un billete de ida y vuelta, pero el de vuelta nunca lo usó.

Su conexión con La Rioja no fue inmediata. Pasó por Madrid, por Valencia, por Bilbao. Pero cuando un amigo la invitó a pasar un fin de semana en Logroño durante las fiestas de San Mateo, algo encajó. «La gente, el ritmo, la comida, el vino en cada bar sin que nadie te mirara raro por pedir una copa a las doce del mediodía... Era diferente a todo lo que había visto en España», recuerda.

Vale se quedó primero por un trabajo en hostelería, luego empezó a colaborar con una bodega que buscaba alguien con idiomas para recibir visitas internacionales. Hoy dirige el departamento de enoturismo de esa misma bodega, ha aprendido todo lo que sabe sobre el Rioja desde dentro y ha desarrollado rutas de visita que mezclan la historia del vino con experiencias que ella misma diseña pensando en lo que le habría gustado encontrar cuando llegó.

«Argentina tiene el Malbec, que adoro», dice con una sonrisa. «Pero el Rioja tiene algo que no encuentro en ningún otro sitio. Una especie de memoria muy larga que se nota en cada botella».

Miquel, el barcelonés que cambió el diseño gráfico por la viticultura

No todos los que se quedan vienen de fuera de España. Miquel Puig llegó a La Rioja desde Barcelona en 2017, huuyendo —según sus propias palabras— de una vida que había construido cuidadosamente pero que no le pertenecía del todo. Tenía un estudio de diseño que funcionaba bien, un piso en el Eixample y la sensación persistente de que algo no cuadraba.

Un proyecto de branding para una bodega riojana lo trajo a la región por primera vez. Pasó una semana trabajando con los propietarios, visitando los viñedos, entendiendo la filosofía detrás de las etiquetas que iba a rediseñar. Al final de esa semana, pidió quedarse una semana más. Y después otra.

Hoy Miquel vive en un pueblo de la Rioja Media con menos de trescientos habitantes. Sigue haciendo diseño —trabaja con varias bodegas de la región y algunos clientes de fuera— pero también colabora activamente en la finca de un viticultor local, donde aprende el oficio desde cero con la paciencia de quien sabe que esto va a largo plazo.

«Barcelona no era el problema», aclara. «El problema era que yo necesitaba tierra debajo de los pies. Literalmente. Y aquí la hay».

Lo que La Rioja les dio que no esperaban

Hay algo que comparten todos estos perfiles, y no es solo el vino. Es una sensación que describen de formas diferentes pero que apunta siempre en la misma dirección: la de haber encontrado un lugar donde el tiempo tiene otra textura.

La Rioja no es una región que te deslumbre de golpe. No tiene el carácter monumental de Toledo ni la energía caótica de Barcelona. Su encanto es más discreto y más duradero: los pueblos con sus calles de piedra, las bodegas que llevan el apellido de la familia que las fundó, los mercados donde los productores conocen a sus clientes por el nombre, los bares donde una copa de vino es el pretexto para una conversación que puede durar horas.

Esa escala humana, esa lentitud que no es pereza sino intención, es lo que atrapa a quienes llegan sin prisa y con los ojos abiertos.

Embajadores sin nombramiento oficial

Lo más interesante de estas historias es lo que ocurre después. Los que se quedan no solo se integran: se convierten en los mejores prescriptores que La Rioja podría tener. Thomas habla de la región con sus amigos y familia en Alemania. Vale lleva a sus contactos argentinos a conocer las bodegas donde trabaja. Miquel diseña etiquetas que llegan a tiendas de medio mundo llevando consigo una historia que empezó con una semana de trabajo y acabó siendo una vida entera.

Ninguno de ellos fue contratado por ninguna institución turística. Ninguno cobra por recomendar La Rioja. Lo hacen porque es su lugar, y eso se nota en cada conversación, en cada botella que abren, en cada historia que cuentan.

Si alguna vez llegas a La Rioja y conoces a alguien que habla del vino con ese brillo particular en los ojos, que te señala un viñedo concreto en el horizonte y te dice que hay que verlo en octubre, que insiste en llevarte a un bar donde sirven el vino en porrón... es muy posible que esa persona no haya nacido aquí. Pero lleva años siendo más riojana que muchos.