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Llegaron de visita y nunca se fueron: los foráneos que convirtieron La Rioja en su casa y su bodega

By Vibrant Rioja Aventura y Enoturismo
Llegaron de visita y nunca se fueron: los foráneos que convirtieron La Rioja en su casa y su bodega

Hay algo en La Rioja que no aparece en ninguna guía de viaje. No es el paisaje, aunque sea espectacular. No es el vino, aunque sea el mejor del mundo —o al menos eso dicen quienes viven aquí—. Es algo más difícil de nombrar: una mezcla de ritmo de vida, autenticidad y generosidad que atrapa a ciertos viajeros de una manera que ellos mismos no saben explicar del todo bien. La consecuencia, a veces, es radical: maletas que no se vuelven a hacer.

Estos son algunos de esos casos. Personas que llegaron como turistas y se quedaron como vecinos, bodegueros, emprendedores. Gente que ha traído perspectivas nuevas a una tierra con siglos de tradición, y que en el proceso se ha dejado transformar por ella.

Thomas, el alemán que encontró su Borgoña en Rioja Alta

Thomas Berger creció en Fráncfort rodeado de vinos del Rin, pero fue un viaje de trabajo a Logroño hace quince años lo que cambió el rumbo de su vida. «Vine a cerrar un contrato de exportación para la empresa donde trabajaba. Me quedé cuatro días. El quinto ya estaba llamando a mi jefe para pedirle una excedencia».

Lo que le enganchó no fue un vino concreto, sino una conversación en un bar de Haro con un viticultor de la tercera generación que le explicó por qué su tempranillo de un viñedo en Villalba sabía diferente al de su vecino de parcela. «En Alemania también tenemos esa cultura del terruño, del riesling de parcela. Pero aquí me pareció que la gente lo vivía de una manera más visceral, menos académica».

Thomas tardó tres años en dar el paso definitivo. Hoy tiene una pequeña bodega a las afueras de Briones —seis hectáreas, producción limitada, distribución casi exclusivamente en Alemania y Austria— y habla castellano con un acento que ya lleva suficiente riojano como para que nadie le pregunte de dónde es al primer sorbo de conversación. Sus vinos, curiosamente, son de los más clásicos de la zona: larga crianza en barrica, etiquetas sobrias, nada de tendencias. «Vine aquí a aprender lo que llevan haciendo 200 años, no a enseñarles nada».

Claire y el proyecto que empezó con una cata y terminó con un restaurante en Laguardia

La historia de Claire Fontaine tiene más de película que de reportaje. Esta cocinera lionesa llegó a Laguardia hace ocho años para hacer un stage en una bodega que ofrecía programas de inmersión en enología. La idea era quedarse dos meses y volver a Francia con más conocimiento sobre maridajes para aplicarlo en su restaurante de Lyon.

Volvió a Francia. Vendió el restaurante de Lyon.

«Laguardia me pareció el lugar más bonito que había visto en mi vida. Y los vinos de Rioja Alavesa me parecieron perfectos para la cocina que yo quería hacer: elegantes, con acidez, capaces de acompañar tanto un guiso de caza como un pescado en escabeche». Claire abrió su propio local en el casco medieval de Laguardia hace cinco años. La carta cambia según lo que encuentre en el mercado de Vitoria o en las huertas de los agricultores vecinos. Los vinos son todos de la subzona, con especial atención a pequeños productores que no llegan a los grandes distribuidores.

La integración no fue fácil al principio. «Hay mucho orgullo local, y es comprensible. Tardé un tiempo en ganarme la confianza de los proveedores, de los vecinos. Creo que lo que ayudó fue que nunca intenté hacer la cocina riojana «a mi manera». Aprendí primero, experimenté después».

Hoy su restaurante tiene lista de espera los fines de semana y ha aparecido en varias guías gastronómicas nacionales. Claire sigue hablando francés por teléfono con su familia, pero cuando cocina, lo hace pensando en el Ebro.

Hiroshi y la mirada japonesa sobre el viñedo riojano

Que un enólogo japonés acabara trabajando —y viviendo— en La Rioja puede parecer improbable. Pero Hiroshi Tanaka lleva siete años en una bodega de Rioja Oriental y su historia dice mucho sobre cómo la globalización del vino ha llevado a esta región talentos de los lugares más inesperados.

Hiroshi estudió enología en Burdeos después de formarse como sumiller en Tokio. Llegó a La Rioja como parte de un programa de intercambio entre una bodega española y un importador japonés. La conexión cultural, dice, fue inmediata aunque inesperada. «En Japón tenemos una cultura muy desarrollada del respeto al producto, de la estacionalidad, de no forzar lo que la naturaleza ofrece. Cuando llegué aquí y vi cómo algunos viticultores trabajan sus viñedos viejos de garnacha, sentí algo parecido a lo que siento cuando visito un jardín zen. Hay una filosofía detrás».

Hiroshi hoy lidera el equipo técnico de una bodega que ha apostado por la garnacha de altura como bandera. Su aportación ha sido, según él mismo reconoce con modestia, «mirar con ojos de fuera lo que los de dentro ya sabían pero no siempre sabían contar». Ha introducido prácticas de viticultura de precisión aprendidas en Japón y ha ayudado a afinar los procesos de vinificación para preservar la frescura en las garnachas de alta graduación.

Lo que aportan los de fuera (y lo que aprenden aquí)

Las historias de Thomas, Claire e Hiroshi tienen algo en común más allá del vino: los tres llegaron con conocimiento propio, pero los tres coinciden en que La Rioja les dio algo que no esperaban encontrar. Una comunidad. Un ritmo. Una manera de entender el trabajo ligado a la tierra que en sus países de origen había desaparecido o nunca había existido de esa forma.

Y la región, a su vez, se ha enriquecido con estas miradas externas. No porque la tradición riojana necesite que nadie venga a arreglarla —no la necesita—, sino porque el diálogo entre lo de siempre y lo que llega de fuera genera, a veces, los vinos y los proyectos más interesantes.

La Rioja lleva siglos siendo un territorio de paso y de encuentro. El Camino de Santiago trajo peregrinos de toda Europa que se quedaban temporadas, que dejaban semillas —literales y figuradas. La historia de los que hoy llegan con una maleta y se quedan con una bodega es, en cierta manera, la misma historia de siempre. Solo que ahora los viajan en avión y aprenden a decir «txakolí» antes de atreverse con el «Rioja Alavesa».