Los rebeldes de la viña: microproductores riojanos que hacen el vino a su manera
Hay una Rioja que no aparece en los catálogos de las grandes bodegas. No tiene sala de visitas con diseño de arquitecto estrella ni etiqueta ganadora de premios internacionales. Pero tiene algo que cuesta mucho más conseguir: personalidad propia. Es la Rioja de los microproductores, esos viticultores que trabajan con parcelas de apenas unas pocas hectáreas, que vendimian a mano y que, muchas veces, fermentan con las levaduras que viven en su propio suelo.
Si te interesa el vino de verdad —no el vino de folleto—, esta es la historia que querías leer.
Pequeño por elección, no por defecto
Cuando hablamos de microproductores en La Rioja, no estamos hablando de bodegas que todavía no han crecido. Estamos hablando de personas que han decidido conscientemente no crecer. Viticultores que podrían haber vendido su uva a cooperativas o ampliado producción, pero que prefieren controlar cada paso del proceso con sus propias manos.
Este modelo de trabajo, más común en regiones como el Jura francés o ciertas zonas de Borgoña, está ganando adeptos en La Rioja de una forma silenciosa pero imparable. No hacen ruido, no contratan gabinetes de comunicación, pero sus vinos llegan a las mejores mesas de Madrid, San Sebastián y Bilbao antes incluso de que se agoten.
Las variedades que casi nadie recuerda
Uno de los aspectos más fascinantes de este movimiento es la recuperación de cepas autóctonas que durante décadas fueron arrancadas para plantar más tempranillo. Variedades como la maturana tinta, la maturana blanca, la tempranillo blanco o la turruntés estuvieron a punto de desaparecer para siempre. Hoy, algunos de estos viticultores las cuidan como si fueran tesoros arqueológicos, porque en cierto modo lo son.
La maturana tinta, por ejemplo, produce vinos de una acidez vibrante y una estructura tánica muy diferente a lo que el paladar acostumbrado al Rioja clásico espera. No es mejor ni peor: es distinta. Y esa diferencia es precisamente lo que buscan quienes se acercan a estos productores.
En zonas como Rioja Alta o el entorno de Ezcaray, es posible encontrar pequeñas parcelas con viñas viejas de estas variedades que superan los sesenta o setenta años. Cepas que sobrevivieron casi de milagro y que ahora son el corazón de algunos de los vinos más interesantes de la región.
Fermentación espontánea: dejar que el vino sea
Otra seña de identidad de muchos de estos productores es el rechazo a las levaduras comerciales. En la vinificación convencional, se añaden levaduras seleccionadas para garantizar una fermentación predecible y controlada. El resultado es homogéneo, fiable y, para algunos, demasiado calculado.
Los microproductores más radicales apuestan por la fermentación espontánea: dejan que las levaduras salvajes presentes en la piel de la uva y en las paredes de la bodega hagan su trabajo. El proceso es más lento, menos controlable y a veces impredecible. Pero cuando sale bien, el vino resultante tiene una complejidad y una singularidad que no se puede fabricar en laboratorio.
Esto no significa que todos estos vinos sean vinos naturales en el sentido más estricto del término, aunque muchos lo son. Hay un espectro amplio: desde productores que trabajan en biodinámica certificada hasta otros que simplemente reducen al mínimo las intervenciones sin renunciar a ciertos protocolos de seguridad.
El suelo como protagonista
Si hay una filosofía que comparten casi todos estos viticultores es la obsesión por el suelo. En La Rioja, la diversidad geológica es enorme: arcillas, arcillo-calcáreos, suelos aluviales, cuarcitas, areniscas. Cada tipo de suelo deja una huella distinta en la uva y, por extensión, en el vino.
Estos productores no solo conocen sus suelos: los trabajan activamente. Cubiertas vegetales entre hileras, compost elaborado en la propia finca, cero herbicidas. El objetivo es que el suelo esté vivo, lleno de microorganismos, hongos y bacterias que contribuyen al ecosistema de la viña. En el mundo del vino se habla mucho del concepto de terroir, pero aquí no es un concepto de marketing: es una práctica cotidiana.
Dónde encontrarlos
La gran pregunta, claro, es cómo dar con estos productores si no tienen presencia en las rutas turísticas habituales. La respuesta corta es: buscando un poco más allá de lo evidente.
Algunos tienen pequeñas tiendas en sus bodegas donde reciben con cita previa. Otros venden exclusivamente a través de distribuidores especializados o directamente a restaurantes. Unos pocos participan en ferias de vinos naturales que se celebran en ciudades como Logroño o Vitoria-Gasteiz, donde es posible conocerles en persona y entender mejor su filosofía.
La Feria del Vino de Haro o eventos más alternativos como los que organiza la asociación de vinos naturales son buenos puntos de partida. También lo son las tiendas de vinos con criterio en Logroño, donde los dependientes suelen conocer bien el panorama local y pueden orientarte hacia productores que quizás no habrías encontrado por tu cuenta.
Una conversación sobre identidad
Lo más interesante de este fenómeno no son los vinos en sí, aunque muchos de ellos son extraordinarios. Lo más interesante es la conversación que está abriendo sobre qué significa ser riojano en el siglo XXI.
La Denominación de Origen Calificada Rioja tiene normas claras y un peso histórico indiscutible. Pero dentro de ese marco, o a veces en sus márgenes, estos productores están explorando territorios que la Rioja convencional no se había atrevido a pisar. No es una ruptura con la tradición: es una ampliación de ella.
El vino riojano lleva siglos evolucionando. La tempranillo no siempre fue la variedad dominante. Las barricas de roble americano no siempre fueron el estándar. Cada generación ha reinterpretado la región a su manera, y esta no es diferente.
Vale la pena desviarse del camino
Si estás planeando un viaje a La Rioja y quieres llevarte algo más que una visita a una bodega de postal, busca estos productores. Puede que la bodega sea un garaje reconvertido. Puede que el viticultor no hable inglés ni tenga folletos en varios idiomas. Puede que el vino que pruebes sea raro, distinto, incluso desconcertante.
Pero también puede que sea el vino más honesto que hayas probado en años. Y eso, en un mundo donde todo está demasiado pulido, tiene un valor incalculable.