Ellas mandan en la bodega: las enólogas y viticultoras que están cambiando La Rioja desde dentro
Hay una imagen muy arraigada cuando alguien piensa en un bodeguero riojano: hombre, de cierta edad, con botas de campo y una copa de tempranillo en la mano. Es un cliché que cada vez tiene menos que ver con la realidad. Porque en La Rioja, con más discreción de la que merecen, un buen número de mujeres llevan años tomando decisiones que terminan en tu copa. Y lo están haciendo de una manera que merece toda la atención.
No hablamos de un fenómeno nuevo ni de una moda pasajera. Hablamos de viticultoras que heredaron parcelas y decidieron no vender las uvas sino hacer su propio vino. De enólogas que se formaron en las mejores escuelas y eligieron La Rioja como campo de experimentación. De emprendedoras que montaron sus propias bodegas boutique cuando el sector todavía las miraba con escepticismo. Todas ellas comparten algo: no pidieron permiso.
Ciencia, intuición y mucho trabajo en el viñedo
La enología es, ante todo, una disciplina técnica. Fermentaciones, análisis de suelo, gestión de la acidez, crianza en barrica... todo eso requiere formación rigurosa. Y las mujeres que hoy lideran proyectos vinícolas en La Rioja la tienen de sobra. Muchas pasaron por la Universidad de La Rioja o por escuelas de viticultura en Francia, Italia o California antes de volver a casa con las ideas bien claras.
Lo interesante es cómo combinan ese bagaje técnico con una sensibilidad que a menudo se traduce en vinos más expresivos, más precisos, menos anclados en fórmulas heredadas. Varias enólogas riojanas han apostado por reducir el tiempo de crianza en madera para dejar que la fruta hable más alto. Otras han recuperado variedades autóctonas casi olvidadas —garnacha blanca, maturana tinta, tempranillo blanco— que los grandes productores descartaron durante décadas.
Eso no es casualidad. Es visión.
De herederas a protagonistas
Algunas de estas historias empiezan en una familia con viñas propias. Durante generaciones, las mujeres de la casa ayudaban en la vendimia, llevaban las cuentas, hacían el vino para consumo propio... pero raramente firmaban la etiqueta ni tomaban las decisiones estratégicas. Eso está cambiando.
Hay hijas que tomaron el relevo de sus padres y en lugar de mantener el rumbo lo giraron por completo. Que convirtieron una bodega cooperativa en un proyecto de autor. Que redujeron producción para subir calidad. Que se negaron a vender a granel y apostaron por exportar directamente a mercados exigentes como Alemania, Japón o el Reino Unido.
En muchos casos, el cambio generacional y el cambio de género van de la mano. Y el resultado, en la copa, es evidente.
Bodegas boutique con sello propio
Uno de los fenómenos más interesantes de los últimos años en La Rioja es la proliferación de pequeñas bodegas con producciones limitadas, identidad muy marcada y precios que reflejan el trabajo real que hay detrás. En ese ecosistema, las mujeres están muy presentes.
Algunas han montado sus proyectos desde cero, comprando pequeñas parcelas en zonas menos transitadas —Rioja Alta, Rioja Alavesa, los altos de la Sierra de Cantabria— donde el suelo arcillo-calcáreo da uvas con una personalidad distinta. Otras han apostado por la agricultura ecológica o biodinámica no como argumento de marketing sino como convicción genuina.
Lo que une a muchas de estas bodegas es la voluntad de contar una historia. No solo venden vino: venden un lugar, un momento, una manera de entender el paisaje riojano. Y eso, curiosamente, conecta mucho con el viajero moderno que busca experiencias auténticas más que etiquetas reconocidas.
El enoturismo como altavoz
Algunas de estas emprendedoras han entendido que abrir las puertas de su bodega es también una forma de visibilizarse. Las visitas guiadas, las catas comentadas, los talleres de vendimia o los maridajes con cocina local son una manera de poner cara y voz a un proyecto que de otra forma solo existiría en la botella.
Y funciona. Cada vez más viajeros que llegan a La Rioja buscando algo diferente terminan en estas bodegas pequeñas, conducidas por mujeres que les explican con pasión por qué eligieron esta parcela, por qué este año no hicieron reserva, por qué la garnacha de este pago sabe diferente a la del de más abajo. Esa conversación, ese contacto directo, es algo que los grandes consorcios difícilmente pueden ofrecer.
Además, varias de estas bodegas han creado redes informales entre ellas. Se recomiendan mutuamente, colaboran en eventos, participan juntas en ferias internacionales. Una suerte de comunidad que refuerza la visibilidad colectiva sin perder la identidad individual.
Romper moldes sin hacer ruido
Sería fácil construir un relato épico y ruidoso sobre todo esto. Pero la realidad es más tranquila y más interesante. La mayoría de las mujeres que están transformando el vino riojano no se definen a sí mismas como activistas ni como símbolo de nada. Simplemente hacen su trabajo, y lo hacen muy bien.
Lo que sí reconocen, cuando se les pregunta, es que todavía hay momentos incómodos. El cliente que en una cata da por hecho que el enólogo es el hombre que está al lado. El distribuidor que tarda más en tomarte en serio. La feria sectorial donde sigues siendo minoría en los puestos de decisión. Pequeñas resistencias que no frenan nada pero que no han desaparecido del todo.
Por eso importa hablar de esto. No para construir un relato de víctimas ni de heroínas, sino para que quien visite La Rioja sepa que detrás de muchas de las botellas más interesantes que va a encontrar hay una mujer que tomó decisiones valientes, que estudió mucho, que trabajó el doble y que hizo un vino que merece toda tu atención.
Un brindis, y una invitación
La próxima vez que estés en La Rioja, pregunta en la bodega que visites quién firma el vino. Pregunta si hay mujeres en el equipo de viticultura o enología. Elige alguna de esas pequeñas bodegas boutique donde el proyecto lleva nombre de mujer o donde ella es la voz que te recibe. No te vas a arrepentir.
El vino riojano tiene siglos de historia. Pero su futuro, en buena parte, lo están escribiendo ellas.